La luna ya no es loquera


La luna ya no es loquera
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De la atracción que la Luna ejerce sobre nosotros se deriva el significado de lunático: que padece locura, no continua, sino por intervalos.

Lunático sonaba el presidente de los Estados Unidos John F. Kennedy cuando a principios de los años sesentas del pasado siglo pronunció un apasionado discurso a favor de la carrera espacial, comprometiéndose a que su nación fuera la primera en “colocar un ser humano sobre la Luna y regresarlo a salvo antes de que termine esta década”. Y, como quien no sabe de qué manera detenerse de hablar, terminó diciendo: “Hemos escogido ir a la Luna. No porque sea fácil, sino porque es difícil”.
     Locura o no, el discurso de John F. Kennedy, al inicio de los sesentas, apenas demoró nueve años en transformarse en una placa metálica que fue colocada en una de las patas del módulo de exploración que llevó a la superficie lunar a los astronautas Neil Armstrong, Michael Collins y Buzz Aldrin: “Aquí pisaron por primera vez la Luna unos hombres procedentes del planeta Tierra, en julio de 1969 d. C. Vinimos en son de paz y en nombre de toda la humanidad”. 
     Antes, en la Tierra se había esuchado: “Houston, aquí Base Tranquilidad. El Águila ha aterrizado”. Consciente de que sus palabras serían transmitidas por televisión de manera directa al mundo entero, el capitán Armstrong quiso dejar escapar una frase que había ido armando en su mente, corrigiendo fonéticamente para lograr un mayor impacto: “Éste es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad”. Pero en el momento exacto de convertirse en el primero en cumplir el improbable anhelo de caminar sobre aquellas luces que se ven desde el cielo terrestre, sólo atinó a decir: “Éste es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad”. De cualquier manera, ese salto lunar no sólo era el triunfo de un colectivo de científicos anónimos. 
     También se trataba de un botín de guerra. El final de una prolongada, costosa lucha entre las dos naciones más poderosas del momento, empeñadas en lanzar al hombre al espacio exterior. 

Sergei Korolyov nació en 1907 en el territorio que ahora llamamos Ucrania. Desde muy joven se involucró en actividades de aeronáutica. Estudió en el Instituto Politécnico de Kiev y en la Escuela Técnica Superior de Moscú. Trabajó como piloto y fue uno de los fundadores de los primeros grupos de diseño y desarrollo de cohetes. En 1938 fue arrestado y llevado a un gulag, junto con la mayoría de sus compañeros de trabajo, durante la revuelta soviética conocida como la “Gran purga”, mediante la cual se persiguió a los disidentes del Partido Comunista. A diferencia de sus compañeros, Korolyov logró sobrevivir a los trabajos forzados, y fue reasignado a un área de desarrollo de misiles para aviones militares, durante la Segunda Guerra Mundial. En 1952, Sergei Korolyov se afilió al Partido Comunista y consiguió ascender velozmente en diversos puestos oficiales, hasta convertirse en uno de los responsables de la tecnología espacial de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). El 4 de octubre de 1957 la URSS lanzó el primer satélite artificial, llamado “Sputnik”, un desarrollo que a Korolyov le tomó apenas unos meses.
     Wernher von Braun nació en 1912, en el territorio llamado Wirsitz, entonces parte del Imperio Alemán, pero que a partir de 1918 es territorio polaco. Desde muy pequeño se interesó en la astronomía y la música. Estudió en la Universidad Tecnológica de Berlín, donde se unió a la Sociedad de Vuelo Espacial, y también en el Instituto de Tecnología de Suiza.  Al momento de obtener un Doctorado en Ingeniería Aeroespacial comenzó a trabajar con el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán —que acababa de subir al poder— liderando el desarrollo de varios proyectos, principalmente cohetes militares. A la caída del gobierno nazi, Von Braun temía ser capturado por el ejército soviético, así que se entregó al estadounidense, que lo recibió con sorpresa; Wernher von Braun estaba a la cabeza de la “Lista negra” de los principales científicos alemanes. Von Braun y sus colaboradores fueron exonerados de “cualquier crimen de guerra” y comenzaron a colaborar con el ejército estadounidense, adoptando incluso la nacionalidad de ese país.
     Hasta 1957 el gobierno de Estados Unidos de América no había tomado con seriedad la carrera espacial, pero el lanzamiento del Sputnik por parte de la URSS significaba una amenaza a la supuesta supremacía tecnológica estadounidense. Acorralado, el presidente Eisenhower condujo las negociaciones necesarias para que el 29 de julio de 1958 se fundara la célebre NASA. Pero después del lanzamiento del Sputnik los rusos se anotaron otra victoria: Yuri Gagarin, hijo de granjeros y él mismo obrero metalúrgico hasta los 20 años, se convirtió en el primer cosmonauta soviético, flamante representante del proletariado más allá de las fronteras terrestres.
     El 12 de abril de 1961 Gagarin orbitó la Tierra a bordo de la nave Vostok I. Pronto Alan Shepard pasaría a los registros como el primer estadounidense lanzado al espacio exterior. Pero los soviéticos contraatacaron: Valentina Vladimirovna Tereshkova completó 48 órbitas alrededor de nuestro planeta a bordo del Vostok 6, en junio de 1963, para ser recordada como la primera mujer lanzada al espacio. Y en marzo de 1965, otro ruso, Aleksei Leoneov es el primer ser humano en dar un paseo fuera de la Tierra. Humillado, el gobierno de Estados Unidos concentró todas sus energías —y sus finanzas— en desarrollar el programa Apolo.

 

Y en la lunática imaginación
los versos de Alfonso Vallejo:
a veces 
si miro de noche al cielo
me siento milimétrico y exactamente nocturno
como una ecuación
llena de constantes inconstantes
de incógnitas sin solución
que se fueran resolviendo
simultáneamente
bajo las estrellas
en un instante
de golpe y por puro azar.

Muchas veces los desenlaces no están a la altura de la trama. Y ésta no fue una excepción: los malos manejos en el interior del programa espacial soviético se agravaron; nunca organizaron una agencia nacional espacial en forma, que fuera similar en estructura y funciones a la NASA. La nueva cúpula político-gubernamental mostró un abierto desdén hacia el programa espacial y —la principal causa de desgracia para los soviéticos— Sergei Korolyov murió prematura, sospechosamente, quizás aquejado por enfermedades contraídas durante su estancia en el gulag, pero probablemente ayudado por algún enemigo dentro del gobierno soviético. El equipo de la NASA llegó a la Luna apenas nueve años después.
     La carrera espacial detuvo su acelerado desarrollo y pareció acercarse al final. Hacia 1975 se organizó la misión Apolo-Soyuz, de origen soviético-estadounidense y una nueva época de trabajos en colaboración.
     Y en la lunática imaginación los versos de Alfonso Vallejo: a veces / si miro de noche al cielo / me siento milimétrico y exactamente nocturno / como una ecuación / llena de constantes inconstantes / de incógnitas sin solución / que se fueran resolviendo / simultáneamente / bajo las estrellas / en un instante /de golpe y por puro azar.

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