Setenta años de Roswell


Setenta años de Roswell
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La presencia del planeta Venus en el firmamento vespertino ha dado lugar a muchas especulaciones, a lo largo de los últimos meses, sobre qué es ese brillante lucero visible aún durante el día como un punto blanco y, al oscurecer, como un brillante objeto celestial de color un tanto amarillento; ello debido a la contaminación del aire de la Ciudad de México.

Se ha afirmado que es un cometa —el 45P/Honda— que, en realidad, no es visible a simple vista en este momento, pero la versión que más impulsan los creyentes en el ya vetusto culto de la ovnilatría es que es una de tantas naves estelares alienígenas dedicadas a espiarnos incesantemente.
     Para muchas personas, al menos desde 1947, el mundo contemporáneo vive bajo los efectos de una conspiración enorme y sin paralelo en la historia, sobre todo por la cantidad de conspiradores involucrados durante el largo tiempo que han logrado mantener el engaño en el que, supuestamente, tienen totalmente sumido al género humano.

     
     Según estas personas, desde ese año, cuando ocurrió el incidente de Roswell, en Nuevo México, los gobernantes de Estados Unidos —13 presidentes ya—, junto con sus secretarios de Defensa, jefes de Estado Mayor, secretarios de la Fuerza Aérea, directores del FBI y de la NASA y muchos más, han estado enterados de que en una base de la Fuerza Aérea, donde se encuentra el mítico hangar en la base aérea de Wright Patterson 18, están depositados escombros de una nave interestelar de otra civilización cósmica —¡un ovni auténtico!—, lo mismo que los despojos mortales de sus tripulantes que, por efectos de un rayo, se estrellaron en el desierto del estado de Nuevo México hace ya 70 años.1
     El hecho de que los rayos no causen daño a nuestras primitivas aeronaves civiles y militares y sí a las interestelares capaces de recorrer miles de años luz en el espacio parece no preocupar a quienes aún proponen esta hipótesis.
     En el secreto, al parecer, se han encontrado involucrados los gobiernos de otras potencias como fue la URSS —ahora, la Federación Rusa— y otras más. Para algunos de los proponentes de estas creencias, los gobiernos y las fuerzas aéreas de esos países, no sólo están enterados de tal secreto, sino que hasta colaboran con los extraterrestres en diversas tareas.
     Supuestamente, existen varias razas de extraterrestres lo mismo benignas que hostiles, y han llegado a asegurar que algunas bases militares en toda la Unión Americana —empezando por la afamada Área 51— contienen profundos subterráneos en lso, donde elementos de las fuerzas armadas de EUA trabajan en conjunto con los extraterrestres en experimentos genéticos que involucran la manipulación de los organismos de los sujetos, incluidas personas vivas y animales.
     De poco ha servido dar a conocer a los creyentes que los documentos secretos divulgados por el gobierno estadunidense, la CIA, el FBI y las fuerzas armadas —obligados por una ley que hace del conocimiento público toda información secreta después de un cierto plazo (el Freedom o Information Act)— confirman que no existe evidencia física alguna en poder del gobierno de los EUA de que los famosos ovnis sean naves extraterrestres; como ocurre con los restos hallados en Roswell el 10 de julio de 1947, los cuales no han demostrado ser otra cosa que el contenido de globos sonda meteorológicos y los residuos de éstos. En todos estos documentos las dependencias manifiestan su desinterés en seguir investigando el fenómeno con detalle y profundidad.2
     Tampoco ha alterado la fe de los creyentes el hecho de que quienes descubrieron los restos de manera deliberada y sabiendo que mentían decidieron presentarlos como evidencia de la presencia de naves interestelares.
     El hecho de haber establecido contacto con una civilización extraterrestre sería, sin duda, el acontecimiento más importante de la historia de la humanidad. Uno puede preguntarse: ¿Por cuánto tiempo y con qué objeto se podría mantener un secreto de tal magnitud? Conviene recordar que, en aquellos años, Estados Unidos gozaba del monopolio de la bomba atómica. Un secreto tan importante, que acarreaba la posibilidad de la destrucción total de cualquier nación, pudo ser ocultado a lo largo de tan sólo tres años, después de eso, el matrimonio Rosenberg —o quien haya sido— logró comunicar el complicado secreto a los soviéticos. Similarmente, resultó imposible mantener en secreto el involucramiento del presidente Richard Nixon en el caso Watergate, lo que causó nada menos que la caída de su gobierno.
     Hoy, a setenta años del incidente, la cosecha de avistamientos, videos y testimonios de todo tipo se mantiene constante. Sin embargo, la convicción de que se trata de un complot para ocultar la presencia de extraterrestres ha amainado, y es que la falta de consecuencias en la vida ordinaria de miles de millones de personas en todo el mundo sobre algo tan importante como la mera existencia de, aunque sea otra civilización inteligente –nos haya tratado de contactar o no– ha logrado desgastar la fe de quienes creen en la gran fantasía tejida en torno a lo ocurrido en Roswell Nuevo México.

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