Drácula, 120 años después


Drácula, 120 años después
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En la zona costera del norte de la ciudad de Dublín se asentó la familia que habían formado Abraham Stoker y Charlotte M. Blake Thornley en las primeras décadas del siglo XIX. Allá tuvieron a sus siete hijos, el tercero de los cuales nació el 8 de noviembre de 1847 y lo llamaron igual que al padre. 

El pequeño Bram, pasó buena parte de su infancia postrado en cama. Luego, a los siete años de edad, se recuperó de manera casi inexplicable. Como impulsado por las leyendas que su madre le había contado mientras lo cuidaba en su enfermedad —que lo mismo hablaban de epidemias que devastaban poblaciones enteras o del heroísmo del pueblo irlandés ganando batallas imposibles—, Abraham Stoker —Bram, para diferenciarlo del progenitor— se alzó en su propia gloria: se convirtió en un destacadísimo atleta, deslumbró con su capacidad para la oratoria y la narrativa, obtuvo las mejores calificaciones en sus cursos en el Trinity College, se amistó casi para siempre con Óscar Wilde, se graduó en matemáticas y ciencias de manera impecable.

Durante varios años se encargó de administrar los negocios del respetado actor Henry Irving. Con él viajó a los Estados Unidos y fue allá —según dice la leyenda— donde conoció a un peculiar profesor: Arminius Vámbéry, de la Universidad de Budapest, quien lo sedujo con las historias que se han propagado de manera tradicional por los siglos de los siglos en Transilvania acerca de un personaje irresistiblemente oscuro y siniestro.

Bram Stoker escribió cuatro novelas, dos libros de ensayos y una colección de cuentos, todo antes de 1897, fecha en que publicó la única de sus obras que, muy a su pesar, habría de adquirir cierta dosis de inmortalidad. Con aquel libro —al que pensó en llamar, tímida, difusamente, El no muerto y que, finalmente, nació al reinventar una palabra de potencia absoluta y trágicamente melodiosa como: Drácula— Stoker, educado como matemático y científico, contribuyó con su novela a moldear la opinión pública sobre la ciencia (sus alcances y usos) a lo largo del siglo XX y hasta el presente, alimentando algunos temores ante lo desconocido.
     Su más famoso libro tiene sus orígenes en el sur de lo que ahora nombramos Rumania, en la región de Valaquia, donde el príncipe Vlad III gobernó por apenas algunos años. Valiente y pragmático, irritable e infinitamente sádico, su vida se ha combinado con los mitos hasta el punto de volverse indisolubles, pues se había ganado a pulso su apodo: Vlad el Empalador, luego de haber aplicado esa tortura a decenas de miles de enemigos, delincuentes o traidores. Fue hijo de Vlad II Dracul (miembro de la “Orden del Dragón”); por eso era conocido como Vlad Draculea; es decir, descendiente tanto del dragón como del demonio, porque eso representaba Dracul para sus contemporáneos.
     Su fama de sanguinario trascendió los siglos y protagonizó un sinfín de leyendas. Algunas llegaron hasta los oídos de Bram Stoker —a través de la voz del profesor Vámbéry—, quien jamás viajó a Rumania, sino que, apelando a su imaginación, reconstruyó su propia versión de un sujeto inmortal que se alimentaba de la sangre de otros. Y también de un extraordinario animal que solamente es visible por las noches. El origen de los murciélagos, según las estimaciones mayormente aceptadas, debe remontarse hasta unos 60 millones de años en el pasado. 
     El origen de su nombre es más nítido: mus caecus alatus, “ratón ciego alado”. Los murciélagos posiblemente derivaron evolutivamente de mamíferos de pequeñas tallas, de los cuales habrían heredado sus característicos hábitos nocturnos. Tan repulsivos ante la mirada superficial, como fascinantes, una vez que se les conoce, los murciélagos ostentan la exclusividad —entre los mamíferos— de tener unas auténticas alas abatibles, que le permiten volar.  Exactos en su anatomía, son ejemplo de las combinaciones animales adecuadas para volar, hacia arriba y hacia abajo: sus alas están compuestas por una doble capa de piel que abarca los costados de su cuerpo hasta los larguísimos cuatro dedos de cada mano, en cuyo interior corren nervios y vasos sanguíneos; el soporte se origina en su columna vertebral fusionada. Todos los murciélagos que se alimentan de insectos hacen gala de un complejo sistema útil para cazar sus presas: producen finísimos sonidos en su laringe, los cuales transmiten a través de la nariz o de la boca; esa señal viaja hasta rebotar en un objeto y regresar a las atentas orejas del murciélago, que así consigue conocer la distancia y el tamaño del objeto en cuestión: alejarse, si representa un peligro, o acercarse con vehemencia, si se trata de un posible alimento; navegantes puntuales en la negrura.

Además, hay que añadir otro elemento a la prodigiosa colección de singularidades propias de los murciélagos: si bien buena parte de ellos son insectívoros, los hay que comen frutas, polen y néctar (éstos son esenciales para la reproducción de magueyes y agave: de los murciélagos depende, en buena medida, la producción de tequila). Y otros viven de beber sangre de los animales mientras duermen, a través de diminutas incisiones hechas sobre su piel. Estos murciélagos vampiros han adaptado su organismo para sobrevivir extrayendo la sangre de otros: para horadar la carne son perfectos sus agudísimos dientes; su saliva contiene los elementos necesarios para evitar que la sangre obtenida se coagule. 
     Estos animales han poblado las historias de horror: a John Haig, afamado asesino inglés, quien tomaba sangre de sus víctimas, se le conocía como El vampiro de Londres; escritores del siglo XIX como James Malcolm Rymer, Mary Elizabeth Braddon o Lord Byron parieron sus propios vampiros, temibles criaturas que con voracidad buscaban víctimas de cuya sangre alimentarse. Porque la palabra vampiro denota la unión entre los vocablos sangre y monstruo, aunque el Desmodus rotundus —el murciélago hematófago— sea el único animal que se mantiene de beber sangre. Incomprendido y estigmatizado, en el murciélago hemos depositado aquello con lo que fantaseamos y con lo que nos asustamos por partes iguales. 
     Ahora Rumania busca sacudirse la mala fama del drácula nacido en la imaginación de Bram Stoker, magnificada por el estupor de los murciélagos y aderezada por la leyenda negra de Vlad el Empalador, para sacar ventaja del turismo masivo que viaja hasta Transilvania en pos de aquel refinado y seductor caballero que chupa la sangre de sus víctimas.
     Drácula sigue cada vez más vivo, vigente, invencible, como Mark Rein: “Para decirlo claramente, los vampiros no son reales. La creciente afirmación sobre su existencia se halla en función de lo que pueden enseñarnos sobre la condición humana y sobre la fragilidad y esplendor de lo que llamamos vida”.

  • Navarro, Laura. Bram Stoker: un vampiro romántico. Ediciones SM: México, 2009. Traducción de Juan Antonio Molina Foix.
  • Quirarte, Vicente. Sintaxis del vampiro. Una aproximación a su historia natural. UNAM: México, 1996. 
  • Stoker, Bram. Drácula. Penguin Clásicos: Madrid, 2015.
  • __________. La joya de las siete estrellas. Siruela: Madrid, 1997.
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